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ROMPIENDO EL SILENCIO-CONSTRUYENDO EL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

Escritos

Miguel Hernández poeta y ciudadano no "equidistante"

Miguel Hernández poeta y ciudadano no "equidistante" Albert Einstein envió el siguiente mensaje al Congreso Internacional de Escritores (Valencia, 1937): “Lo único que en las circunstancias que enmarcan nuestra época puede conservar viva la esperanza de tiempos mejores es la lucha heroica del pueblo español por la libertad y la dignidad humanas.”

Estas palabras recogidas en el libro “Crónicas de la guerra de España. Miguel Hernández” (Flor del viento Ediciones. Fundación Domingo Malagón) fueron escritas en el momento en que la desgracia histórica traída por los golpistas resaltaba los anhelos de los demócratas españoles por sostener la República, el único tiempo en la Historia de España en que había habido libertad.

Hoy los amigos de la antimemoria, los que equiparan a los defensores de la legitimidad republicana democrática con sus destructores, los que silencian lo que quieren decir conceptos ideológicos opuestos, empeñan su palabra, su moneda, a la mirada “equidistante”. ¿Cómo se denominará en el futuro el momento histórico en el que se reconoce como justicia la injusticia y se fusila en la memoria del país a los asesinados por defender la república democrática?: esto ocurre en la “8ª potencia mundial”, que nadie, ni los más obscenos, se han atrevido a titularla, en éste caso, de potencia “de la justicia”. Para eso, tendría que haber una Ley de la Memoria Histórica que comprendiera como primer punto la anulación de los juicios fascistas y el reconocimiento institucional político de los defensores de la democracia.

Las palabras de Albert Einstein cobran actualidad. Nos invitan en las primeras páginas a zambullirnos en el libro el historiador Javier Ruiz y los poetas Armando López Salinas y Nicolás Guillén, situándonos en la perspectiva de la escritura fresca del gran poeta pastor Miguel Hernández, que, como señala Armando López Salinas, “son sus verdaderos hechos.”

Miguel Hernández publica sus primeros versos en 1930, pero el tiempo de la República le llevará al compromiso con el pueblo trabajador junto a la mayoría de los intelectuales españoles. El ascenso del partido fascista CEDA, o la invasión de Asturias y las matanzas dirigidas por Franco, encontrarán a todos ellos enfrente. Si su compromiso político hacía acto de presencia especialmente en tales momentos, frente al alzamiento fascista, nuestro poeta Miguel Hernández, escribirá los artículos y poemas que la Historia del olvido no ha podido borrar y que en éste volumen se recogen.

Se aplicó a ellos cuando formaba parte del famoso Quinto Regimiento, base del Ejército Popular Republicano, en el que llegó a asumir la responsabilidad de Comisario de Cultura. Su proyecto familiar sufriría las vicisitudes de la guerra, su primer hijo muere, y al segundo apenas le va a poder ver a causa de su detención en Portugal y su entrega a los fascistas en España, que le llevarán a la muerte el 28 de Marzo de 1942.

Miguel Hernández es uno de todos los demócratas que aún hoy no se les anulan los juicios a los que les sometieron los fascistas, ni tampoco se les reconoce su defensa de la democracia.

Su palpitación poética y política estaba presente en todas las áreas de la vida, desde los diálogos con sus camaradas como Neruda sobre las posibilidades del romance como expresión: “-…lo importante es la técnica personal del poeta. Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y del Romancero; le impuso un sello único.

¿Por qué no ha de ser posible, cada vez que la calidad literaria lo permita, la obtención del romance de guerra con toda la fuerza del pueblo, alentándolo como otras veces?”; hasta los artículos escritos en las trincheras para periódicos y revistas como “La voz del combatiente”, “Al ataque”, “Nuestra Bandera”, “Ayuda”, pasando también a formar parte de “Altavoz del frente” y creando “Frente Sur” y “Frente extremeño”; por todas partes anima a sus compañeros, hace mención de aquellos y aquellas cuyo ejemplo le llena de satisfacción, escribe sobre internacionalistas que son todo un ejemplo de lucha por la libertad, escribe sobre la mujer campesina, en “Frente Sur” dice de ella: “El sol, el hambre, la pena, el trabajo, han mordido las facciones y proporciones de esta mujer…

Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España; mi madre ha sido, es, una de las víctimas del régimen esclavizador… Enferma, agotada, empequeñecida por los grandes trabajos, las grandes privaciones y las injusticias grandes, ella me hace exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una alegría, una nueva vida para la mujer.”

Escribe sin dejar de contar nada que pase ante sus ojos, escribe sobre los decretos del gobierno que se refieren a los prisioneros facciosos, escribe sobre los que se pasan a las filas republicanas, escribe sobre la necesidad imperiosa de organizar la retaguardia, escribe sobre la labor de las mujeres decretada por Largo Caballero, sobre los bombardeos de Baza, sobre lo que ocurre en Sevilla, en Écija, en Badajoz, sobre la necesidad de proteger, alimentar y enseñar a los niños…

Escribe sobre su asistencia a la rendición de los fascistas en el Santuario de la Cabeza de Andujar, y la traición de algunos de los rendidos que decían ponerse de parte de la República, y la respuesta republicana encauzada por Pedro Martínez Cartón, diputado por Badajoz, del Frente Popular y miembro del Comité Central del PCE.

Leemos de su asistencia al II Congreso de Intelectuales en defensa de la Cultura, al que llegan las palabras alentadoras de Albert Einstein, escribe sobre su viaje a Moscú para asistir al Festival de Teatro Soviético, y vuelve a las trincheras. Las últimas páginas recogen sus artículos sobre la guerrilla en Galicia, y diversos manifiestos de los intelectuales antifascistas.

Una serie fotográfica nos muestra a Miguel, a Rosario Dinamitera, y a otros muchos combatientes, a ellas se suma la documentación que se refiere a su condena y muerte.

“Crónicas de la guerra de España” recoge los escritos de un defensor de la libertad y democracia republicanas, Miguel Hernández, que fue uno de los mayores poetas que ha tenido la lengua castellana, y negó la “equidistancia” para hacer de España una potencia mundial de la justicia social y política.

Ramón Pedregal Casanov

Condenados a muerte prematura por hambre y sed más de 3 mil millones de personas en el mundo,Primer articulo de Fidel después de su recuperación.

Condenados a muerte prematura por hambre y sed más de 3 mil millones de personas en el mundo,Primer articulo de Fidel después de su recuperación. La idea siniestra de convertir los alimentos en combustible quedó definitivamente establecida como línea económica de la política exterior de Estados Unidos el pasado lunes 26 de marzo.

Un cable de la AP, agencia de información norteamericana que llega a todos los rincones del mundo, dice textualmente:

El presidente George W. Bush elogió el lunes los beneficios de los automóviles que funcionan con etanol y biodiesel, durante una reunión con fabricantes de vehículos, en la que buscó dar impulso a sus planes de combustibles alternativos.

Bush dijo que un compromiso de los líderes de la industria automotriz nacional para duplicar su producción de vehículos a combustible alternativo ayudaría a que los automovilistas abandonen los motores que funcionan con gasolina y reduzcan la dependencia del país respecto del petróleo de importación.

’Este es un gran avance tecnológico para el país’, dijo Bush tras inspeccionar tres vehículos a combustible alternativo. Si la nación quiere reducir el consumo de gasolina, el consumidor debe estar en posibilidad de tomar una decisión racional.

El Presidente instó al Congreso a avanzar rápido en una legislación que el gobierno propuso recientemente para ordenar el uso de 132 000 millones de litros (35 000 millones de galones) de combustibles alternativos para el 2017 y para imponer estándares más exigentes de ahorro de combustible en los automóviles.

Bush se reunió con el presidente de consejo y director general de General Motors Corp, Rich Wagoner; el director general de Ford Motor Co., Alan Mulally y el director general del grupo Chrysler de Daimler Chrysler AG, Tom LaSorda.

Los participantes en el encuentro discutieron medidas para apoyar la producción de vehículos a combustible alternativo, intentos para desarrollar el etanol a partir de fuentes como el césped o el serrín, y una propuesta para reducir en un 20% el consumo de gasolina en 10 años.

Las discusiones se realizaron en un momento en que han subido los precios de la gasolina. El estudio más reciente de la organización Lundberg Survey señaló que el precio promedio nacional de la gasolina ha subido 6 centavos por galón (3,78 litros) en las últimas dos semanas, a 2,61 dólares.”

Pienso que reducir y además reciclar todos los motores que consumen electricidad y combustible es una necesidad elemental y urgente de toda la humanidad. La tragedia no consiste en reducir esos gastos de energía, sino en la idea de convertir los alimentos en combustible.

Hoy se conoce con toda precisión que una tonelada de maíz sólo puede producir 413 litros de etanol como promedio, de acuerdo con densidades, lo que equivale a 109 galones.

El precio promedio del maíz en los puertos de Estados Unidos se eleva a 167 dólares la tonelada. Se requieren por tanto 320 millones de toneladas de maíz para producir 35 000 millones de galones de etanol.

Según datos de la FAO, la cosecha de maíz de Estados Unidos en el año 2005 se elevó a 280,2 millones de toneladas.

Aunque el Presidente hable de producir combustible a partir de césped o virutas de madera, cualquiera comprende que son frases carentes en absoluto de realismo. Entiéndase bien: ¡35 000 millones de galones significan un 35 seguido de nueve ceros!

Vendrán después bellos ejemplos de lo que en la productividad por hombre y por hectárea alcanzan los experimentados y bien organizados agricultores de Estados Unidos: el maíz convertido en etanol; los residuos de ese maíz convertidos en alimento animal con 26% de proteína; el excremento del ganado utilizado como materia prima para la producción de gas. Desde luego, esto es después de cuantiosas inversiones al alcance sólo de las empresas más poderosas, en las que todo se tiene que mover sobre la base de consumo de electricidad y combustible. Aplíquese esta receta a los países del Tercer Mundo y verán cuántas personas dejarán de consumir maíz entre las masas hambrientas de nuestro planeta. O algo peor: présteseles financiamiento a los países pobres para producir etanol del maíz o de cualquier otro tipo de alimento y no quedará un árbol para defender la humanidad del cambio climático.

Otros países del mundo rico tienen programado usar no sólo maíz, sino también trigo, semillas de girasol, de colza y otros alimentos para dedicarlos a la producción de combustible. Para los europeos, por ejemplo, sería negocio importar toda la soya del mundo a fin de reducir el gasto en combustible de sus automóviles y alimentar a sus animales con los residuos de esa leguminosa, especialmente rica en todos los tipos de aminoácidos esenciales.

En Cuba, los alcoholes se producían como subproducto de la industria azucarera, después de hacerle tres extracciones de azúcar al jugo de caña. El cambio de clima está afectando ya nuestra producción azucarera. Grandes sequías se vienen alternando con lluvias récord, que apenas permiten producir azúcar durante cien días con rendimientos adecuados en los meses de nuestro muy moderado invierno, de modo que falta azúcar por tonelada de caña o falta caña por hectárea debido a las prolongadas sequías en los meses de siembra y cultivo.

En Venezuela, tengo entendido que usarían el alcohol no para exportar, sino para mejorar la calidad medioambiental de su propio combustible. Por ello, independientemente de la excelente tecnología brasileña para producir alcohol, en Cuba el empleo de tal tecnología para la producción directa de alcohol a partir del jugo de caña no constituye más que un sueño o un desvarío de los que se ilusionan con esa idea. En nuestro país, las tierras dedicadas a la producción directa de alcohol pueden ser mucho más útiles en la producción de alimentos para el pueblo y en la protección del medio ambiente.

Todos los países del mundo, ricos y pobres, sin excepción alguna, podrían ahorrarse millones de millones de dólares en inversión y combustible simplemente cambiando todos los bombillos incandescentes por bombillos fluorescentes, algo que Cuba ha llevado a cabo en todos los hogares del país. Eso significaría un respiro para resistir el cambio climático sin matar de hambre a las masas pobres del mundo.

Como puede observarse, no uso adjetivos para calificar al sistema y a los dueños del mundo. Esa tarea la saben hacer excelentemente bien los expertos en información y los hombres de ciencias socioeconómicas y políticas honestos que en el mundo abundan y que constantemente hurgan en el presente y el porvenir de nuestra especie. Basta una computadora y el creciente número de redes de Internet.

Hoy conocemos por primera vez una economía realmente globalizada y una potencia dominante en el terreno económico, político y militar, que en nada se parece a la Roma de los emperadores.

Algunos se preguntarán por qué hablo de hambre y sed. Respondo: no se trata de la otra cara de una moneda, sino de varias caras de otra pieza, como pueden ser un dado con seis caras, o un poliedro con muchas más caras.

Acudo en este caso a una agencia oficial de noticias, fundada en 1945 y generalmente bien informada sobre los problemas económicos y sociales del mundo: la TELAM. Textualmente, dijo:

Cerca de 2 mil millones de personas habitarán dentro de apenas 18 años en países y regiones donde el agua sea un recuerdo lejano. Dos tercios de la población mundial podrían vivir en lugares donde esa escasez produzca tensiones sociales y económicas de tal magnitud que podrían llevar a los pueblos a guerras por el preciado ‘oro azul’.

Durante los últimos 100 años, el uso del agua ha aumentado a un ritmo más de dos veces superior a la tasa de crecimiento de la población.

Según las estadísticas del Consejo Mundial del Agua (WWC, por sus siglas en inglés), se estima que para el 2015 el número de habitantes afectados por esta grave situación se eleve a 3,500 millones de personas.

La Organización de Naciones Unidas celebró el 23 de marzo el Día Mundial del Agua, llamando a enfrentar desde ese mismo día la escasez mundial del agua bajo la coordinación de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), con el objetivo de destacar la creciente importancia de la falta de agua a nivel mundial y la necesidad de una mayor integración y cooperación que permitan garantizar una gestión sostenida y eficiente de los recursos hídricos.

Muchas regiones del planeta sufren una escasez severa de agua, viviendo con menos de 500 metros cúbicos por persona por año. Cada vez son más las regiones que padecen la falta crónica del vital elemento.

Principales consecuencias de la escasez de agua son la insuficiente cantidad de ese precioso líquido para la producción de alimentos, la imposibilidad de desarrollo industrial, urbano y turístico y problemas de salud.”

Hasta aquí el cable de TELAM.

Dejo de mencionar en este caso otros importantes hechos, como los hielos que se derriten en Groenlandia y en la Antártica, los daños en la capa de ozono y la creciente cantidad de mercurio en muchas especies de peces de consumo habitual.

Hay otros temas que pueden abordarse, pero simplemente pretendo con estas líneas hacer un comentario sobre la reunión del presidente Bush con los ejecutivos principales de compañías automotrices norteamericanas.

Fidel Castro Ruz, Marzo 28 del 2007


¿Referéndum sobre la monarquía? No, gracias: ¡Proceso Constituyente!

¿Referéndum sobre la monarquía? No, gracias: ¡Proceso Constituyente! Un próximo referéndum debería servir para ratificar el texto de una nueva Constitución, una verdadera Carta Magna —no otorgada—, una vuelta a la democracia, perdida en 1939. ¡Basta de reformas continuistas! ¡Ruptura Democrática! ¡Contra la tiranía y la arbitrariedad! El oligarca preguntará "¿Más?", y nosotros responderemos: "¡Vamos a cambiar de base!". El pueblo tiene la palabra.

Del mismo modo que algunos de los mayores incendios tuvieron su origen en una diminuta chispa, los ciudadanos conscientes de nuestra clase estamos a tiempo de impedir que se nos instale una mentira en el ideario republicano. En contra de la opinión de quienes afirman que sería conveniente realizar cuanto antes un referéndum acerca de la continuidad de Juan Carlos, invito a una reflexión más sosegada, a la luz de las consideraciones que a continuación me propongo exponer:

No conviene

La primera razón por la que afirmo que deberíamos oponernos a la idea de celebrar un referéndum para decidir sobre la continuidad del monarquismo, es que no es el momento, no conviene, no estamos preparados para ello. No es derrotismo, es crudeza. Y no es que albergue una falsa estrategia dilatoria, pero no quisiera que la precipitación nos hiciera caer en otro de los engaños urdidos por aquellos que tanto tienen que perder.

Digo que no conviene, porque la opinión pública no se encuentra en condiciones de afrontar semejante cuestión. No estamos en condiciones de emitir un consentimiento libre e informado. El problema no solo es la ausencia de formación, lo grave es que seguimos acusando los efectos de la calculada operación de propaganda y embrutecimiento intelectual al que se nos ha estado sometiendo durante las siete décadas precedentes.

Propaganda y embrutecimiento

La propaganda se encargó en primer lugar de silenciar cualquier forma de conocimiento que resultara incómoda al poder establecido —por las armas—. Tan innoble tarea se llevó a cabo desde los púlpitos y en las aulas; desde lo pelotones de fusilamiento, hasta los grupos de trabajo; desde numerosas redacciones, hasta la elección de los quiosqueros; desde la política de recursos humanos, hasta los más sórdidos delatores de barrio… Corregir la situación creada supondrá asumir la necesidad de hacer un gran esfuerzo en materia de pedagogía democrática, porque como ya dijera el propio Voltaire: "no se puede desear lo que no se conoce". Muchos universitarios no tienen ni idea de lo que es una circunscripción; muy pocos recuerdan siquiera la estructura de la Carta Otorgada en 1978; expresiones como Habæs Corpus continúan sin resultar familiares; ¿cuántos saben qué es una 'lista cerrada' y porque eso convierte a España en un estercolero? ¿…y 'democracia directa', o 'separación de poderes'? ¿Cuántos todavía confunden 'ateismo' y 'laicidad'?

Y en lo tocante al embrutecimiento, el panorama no parece mucho más alentador: hoy Carlos diría que el verdadero opio del pueblo es amorfo y diverso: ya no solo la religión embota contracultura en las indefensas mentes de los hijos de la clase obrera… el Capital ha averiguado nuevas formas de ocio y entretenimiento: conocer detalles sórdidos sobre la vida privada de celebridades de usar y tirar; la cosa esta del fútbol —no alcanzo a describirlo, perdón—, los medios de comunicación de masas —la gente sigue comprando periódicos que llevan tres años informando sobre incuestionables embustes masivos—, el consumismo irracional que nos lleva a 'aparentar' incluso ante nuestro 'yo'… es triste decirlo, pero la gente no está preparada siquiera para responder a un simple "¿Desea usted ser libre?".

Neolenguaje

Y luego están las consecuencias del neolenguaje: esa dichosa manía de acostumbrarnos a otorgar un significado para las palabras, y una vez fijada la idea original, alterar maliciosamente su acepción original. Algún día nadie comprenderá este artículo, pero el caso es que en 2007 la ciudadanía seguía creyendo que Juan Carlos les hizo libres; que el Estado democrático y de Derecho —existente antes del golpe militar— era algo terrible, una especie de infierno de muerte y destrucción; les habían hecho creer, que los comunistas desean el mal al prójimo, que los ateos son asesinos, que los Hermanos Masones conspiran contra la Humanidad, que los inmigrantes son responsables del aumento del precio de la vivienda y los índices de criminalidad, que la derecha favorece al proletario…

No conviene preguntar ahora si queremos o no mantener al dictador, la pregunta habrá que hacerla, pero deberá incluir más cosas: deberá servir para ratificar el fin de la preeminencia militar, feudal y arbitraria sobre el poder civil, pacífico y democrático.

No es justo

En efecto, no es justa siquiera la posibilidad de legitimar lo ilegítimo. Lo cierto es que no debería haber mucho que argumentar, porque la misma palabra lo dice: monarquía. Vamos a ver, ¿Cómo va a ser justo decidir renunciar a decidir? ¡Y encima para siempre! ¿Estamos tontos?

Pronunciarse sobre la continuidad de un régimen monárquico, como cualquier otra forma de gobierno despótico, tiránico o dictatorial, sería el equivalente político a plantearse la posibilidad de un suicidio.

Ningún militar debe estar por encima del poder civil

Una de las prerrogativas que definen la potestad de un Estado moderno, es el control sobre el monopolio de la violencia oficial —la dirección de las Fuerzas Armadas—. Conocemos bien los subterfugios verbales esgrimidos por quienes en tiempos de paz tratan de quitar hierro al asunto, pero la verdad incontrovertible, es que en el apartado 'h', del artículo 62, de la Carta Otorgada en 1978, sostiene que el monarca ejerce el "mando supremo de las Fuerzas Armadas". Bien, ¿acaso es necesario cuestionarse si algo así puede ser justo? ¿Es justo que un militar vitalicio y hereditario, designado por un criminal de guerra —y no un cargo electo— se arrogue el "mando supremo de las Fuerzas Armadas"?

No es ético

Estamos ante una consulta cuyo efecto se nos antoja de larga duración, quizá tanta como la esperanza de vida del candidato a suceder al dictador, y es precisamente eso lo que le resta todo valor ético, puesto que no es ético decidir por otros, y otros serían, sin duda, los que durante muchos años tendrían que convivir con la presencia de un sujeto extraño al proceso democrático, justo en la cúspide de la estructura de los poderes públicos.

No sería ético decidir hoy por todas esas generaciones venideras, como tampoco lo fue aceptar el continuismo dictatorial tras producirse el fallecimiento del genocida del Ferrol. Entonces, los profesionales de la política claudicaron ante una mezcla de miedo y codicia… está última sigue intacta, pero el estamento militar de 2007 no registra los índices de fanatismo fascista que registrara en 1978. La demostración de todo esto, la tenemos en el pasado y en el presente: ¿Dónde están hoy la mayor parte de quienes votaron la Carta Otorgada en 1978? ¿Dónde estaba entonces el grueso del electorado actual? Por eso, 2007 o es 1978, y por eso, no es ético hablar de volver a ratificar la arbitrariedad. ¿Queremos más dictadores? ¡La pregunta ofende!

No es actual

¿Tiene sentido pronunciarnos hoy sobre algo que hace tiempo dejó de ser actual? Un monarca es un autócrata, paradigma de lo opuesto a la democracia. El monarquismo no tiene nada que ver con un Estado Democrático de Derecho. No tiene encaje natural en los planes construcción de la futura Unión Europea… y ni siquiera es compatible con la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todos nacemos libres e iguales. Estamos en el Siglo XXI. No sería lógico, pues, realizar una consulta popular sobre algo que no es actual.

El monarquismo no está, no merece, no puede estar en el debate. Es un anacronismo, una reminiscencia de un pasado, un pasado que nos ofende, un pasado que nos equipara ante la Historia al pasado de las más grandes naciones gobernadas por asesinos.

No hay represión que consiga evitar que toda la Humanidad sepa, a través de los libros de Historia, que las personas trabajadoras de la península Ibérica debieron sufrir durante siglos bajo el influjo de unas pocas familias de extranjeros, incultos, avaros, sociópatas, endogámicos y pésimos estadistas, que reiteradamente se mostraron prestos a flirtear con militares asesinos, con tal de mantener sus privilegios carentes de toda justificación, mediante el sistemático recurso a la represión de su propia ciudadanía. Prueba de ello son los deseos de amnesia cierto partido político —sabedor de su ignominiosa procedencia—, o la circunstancia de que existan leyes que prohíban la libertad de expresar información veraz, como la contenida en este párrafo.

Este es nuestro pasado, y es incambiable. Pero nosotros, el Pueblo, debemos ser los protagonistas de nuestro futuro, a través de la toma del control de nuestro presente. Exijamos actualidad: no podemos aceptar que nos pregunten si queremos seguir siendo súbditos del becario de un dictador, porque todo eso corresponde al pasado. Ahora, nuestra sociedad necesita una verdadera Constitución Democrática, y ésta debe surgir de un proceso constituyente abierto, participativo, consensuado, y respetuoso con los Derechos Humanos y Políticos, individuales y colectivos que asisten a las personas y los pueblos que habitamos en esta parte de la Península que no es Portugal.

No es coherente

¿Por qué realizar un referéndum sobre algo que no es compatible con la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Estudiemos el texto de la propia Carta Otorgada en 1978… no es coherente, ni siquiera consigo misma: no es coherente hablar de Igualdad para, a renglón seguido, introducir un jefe de Estado vitalicio, y hereditario.

No es coherente enunciar que los poderes emanan del pueblo, para, al mismo tiempo, hacer que el máximo militar no esté sujeto a elección. No es coherente. No tiene sentido. Es un falso argumento, explícito, por escrito: una mentira manifiesta.

La cuestión es: ¿vamos a preguntarnos si mantener algo así?

No es democrático

Estrechamente vinculado al apartado anterior: no es democrático legislar sobre lo arbitrario. Pretender elevar la barbarie al rango de Ley, supone un descrédito del resto del ordenamiento jurídico. ¿Cómo entonces plantearnos un referéndum sobre la ausencia de democracia? ¿Es aceptable votar sobre la renuncia permanente a votar? ¿Decides no volver a decidir? No planteo debatir sobre la respuesta a esa pregunta, sino sobre la conveniencia de formularla.

Jugar a su juego supondría una nueva vuelta de tuerca al garrote del falso reformismo… Setenta años, son suficientes para un vulgar golpe de Estado. Necesitamos una ruptura democrática completa, sincera y transparente. Necesitamos democracia. Necesitamos un Estado de Derecho.

La idea misma de celebrar un referéndum sobre la continuidad del monarquismo es un insulto a la razón, puesto que en democracia de verdad, a ese tipo de referéndum se les llama elecciones, y se producen una vez cada cuatro o cinco años.

Imaginad unos comicios presidenciales "para siempre". ¿Os parece razonable? Bien, pues de eso mismo estamos hablando.

No es idóneo

Imaginemos una ficción tal, en la que la Humanidad no hubiera 'descubierto', ni 'inventado' la democracia. En una sociedad así, el monarquismo quizá sería una buena forma de gobierno. Prosigamos con esta fantasía, la pregunta obligada sería: ¿Ocupa el trono la persona más idónea para ello? Dicho sea de otra forma: ¿le parece oportuno que quien ocupa el trono de España, sea la misma persona que cubría las bajas por enfermedad al viejo general traidor? ¿Es Juan Carlos, tras haber presidido en numerosas ocasiones el 'Consejo de Ministros' del dictador Francisco Franco, la persona más indicada para encabezar las Fuerzas Armadas de un Estado que se reclame de democrático y de Derecho?

He leído en alguna parte que el monarquismo tiene algo que ver con conceptos como el honor y la dignidad. ¿Qué dignidad reside en ser cómplice de un dictador? Ved sino cómo actuó el pueblo heleno, ante idéntica situación y por las mismas causas.

No es lo correcto

No, un referéndum sobre el monarquismo no es lo correcto. Lo correcto para una sociedad avanzada, que en pleno 2007 no disponga aún de un sistema democrático, sería abrir un Proceso Constituyente, y restablecer la normalidad institucional cuanto antes, contando con la participación de todos los agentes sociales, partidos, académicos, asesores internacionales y demás formas de encauzar la participación ciudadana

Conclusiones

Plantearnos ahora la posibilidad de hacer un referéndum sobre la continuidad del monarquismo no parece conveniente: no sería justo, ni ético, ni acorde con los tiempos, no sería coherente, ni democrático, ni siquiera idóneo, y mucho menos correcto.

Por todo cuanto antecede, os invito a decir ¿Referéndum sobre la monarquía? No, gracias: ¡Proceso Constituyente. Por Jaume d´Urgell.

Hasta el próximo combate

Hasta el próximo combate Sr Kent:

Como bien Usted conoce, me estoy despidiendo de amigos y enemigos ya que he dejado la dirección de la BNJM para sumir nuevas tareas relacionadas con la cultura y la política en mi país…

Me despido con una mezcla de sentimientos encontrados. Los que tienen que ver directamente con Usted, o mejor dicho, con lo que Usted representa y para quienes trabaja, son de enorme satisfacción: he cumplido con gusto y orgullo el deber de enfrentarlos y desenmascararlos en todas las tribunas posibles, mostrando al mundo la magnitud de ese inmenso fraude llamado “bibliotecas independientes” en Cuba.

Pocas veces en mi vida he recibido una lección mayor de lo que significa la falacia e inescrupulosidad de quienes, por dinero, son capaces de mentir y manipular a la opinión pública de manera tan vil y reiterada, sin un átomo de dignidad ni decoro, como peones en la lucha despiadada contra la Revolución cubana que lleva a cabo el gobierno de los Estados Unidos. Pocas veces también, como en este caso, he comprendido que cuando el enemigo se ve obligado a mentir y actuar de esta manera es porque está desesperado, y tiene plena conciencia de su derrota.

Mi despedida, Usted bien lo sabe, es apenas transitoria. En mis nuevas funciones seguiré al tanto, día a día, de la manera ejemplar en que los bibliotecarios cubanos de verdad y sus amigos en todo el mundo, seguirán combatiendo los ataques del gobierno para el cual Usted trabaja, curiosamente el mismo que ha asesinado a más de un millón de civiles inocentes en Irak, culpable también de la quema de más de un millón de libros en la Biblioteca Nacional de ese país, y cuyo brazo represor interno, el FBI, sólo en el 2005 emitió 19 mil solicitudes de información a las bibliotecas públicas norteamericanas, para acceder de manera inconstitucional a los records de lectura de sus ciudadanos, como recién acaba de denunciar la American Libraries Asociation.

Cuente con que, junto a los bibliotecarios cubanos, seguiré combatiendo por todas las vías posibles a todo lo que se asocia con su nombre, por la cultura de mi país y por nuestros principios. Cuente con que la lucha continuará y que seguiré con gusto y orgullo disfrutando, como disfruto, de cada nueva victoria de la Revolución cubana, que tanto odio y frustración despierta en sus amigos, y tanta solidaridad y apoyo suscita entre los pueblos del mundo.

Hasta el próximo combate, Sr. Kent. ¡Hasta la Victoria Siempre!

Eliades Acosta Matos



Operación Caos para Iraq

Operación Caos para Iraq El 20 de marzo de 2003 empezaron a caer sobre Bagdad bombas americanas con lo que se dio inicio a la "Operación Libertad para Iraq" (Operation Iraqi Freedom), o, hablando en cristiano, la guerra en Iraq.

Cuatro años después esta invasión iniciada por los Estados Unidos puede cambiar de nombre para llegar a llamarse "Operación Caos para Iraq". Según estimaciones distintas, dio muerte a un número de 60 mil a 300 mil iraquíes y sumió el país en la guerra civil más furiosa del Cercano Oriente.

Estados Unidos ya ha pagado este error histórico con las vidas de 3 217 de sus soldados, otros 24 mil heridos de gravedad y 500 mil millones de dólares gastados en la financiación de las hostilidades. Pero la hora del pago definitivo parece no haber llegado aún.

El mundo conmemoró este horrible cuatrienio con multitudinarias manifestaciones y mítines antimilitares desde Nueva York hasta San Francisco, desde Madrid hasta Melbourne. Las más veces se veían pancartas que decían "Dejemos caer a Bush y no bombas" (Drop Bush, not bombs) o "Cuatro años es demasiado".

Quizás un solo hombre podría empinar solemnemente el codo para beber este día una copa de champaña, celebrando el feliz desenvolvimiento de las acciones si su fe lo permitiera. Es Usama ben Laden, líder de Al Qaeda.

Más que nadie lo tiene claro: la operación de EE.UU. en Iraq tiene de guerra contra el terrorismo anunciada por Geoge Bush solamente por distraer fuerzas y medios de este objetivo global. Estos recursos podrían utilizarse con mucha mayor eficacia en algún lugar de Afganistán o en el Asia del Sureste. El Bagdad de hoy no es un frente de lucha contra Al Qaeda. Es el lugar predilecto de citas de terroristas y símbolo de su cohesión.

En cuatro años ha cambiado sorprendentemente la actitud hacia la fuerza que se ha empleado en Iraq por parte de los círculos políticos en la propia América.

Si la ONU en su día se negó a dar la bendición a la invasión el Congreso de EE.UU., como todos recordamos, sí lo hizo. La mayoría de los miembros de ambas cámaras, incluidos los actuales aspirantes a la Casa Blanca, Hillary Clinton y John Edwards, votaron a favor de la guerra, confiados en que ésta podría salvar a América de que se repitiera la tragedia del 11 de septiembre. Con esta actitud los congresistas, seamos justos, reflejaban la opinión de sus electores: en marzo de 2003 dos tercios de la población estadounidense apoyaron sin reservas las acciones militares contra Iraq.

Hoy día América parece ser otra. La encuesta pública realizada conjuntamente por la agencia noticiosa AP y el centro de estudios Ipsos muestra que seis de cada diez ciudadanos norteamericanos consideran un error la campaña militar iraquí y quisieran acabar con ella lo más pronto posible.

Los encuestados se inclinan a pensar que la percepción de la guerra por la sociedad norteamericana ha cambiado porque la propia guerra resultó ser distinta.

Esta guerra obviamente no se debió a las causas declaradas desde un principio: Saddam Husein no poseía armas de exterminio en masa. Además, la guerra se hizo con métodos improcedentes y poco típicos de los Estaos Unidos, potencia que ambiciona el papel de mecías de la democracia. Recordemos las torturas y escarnios respecto a los presos de la cárcel Abu Ghraib. O el baño de sangre provocado por una patrulla del Ejército estadounidense el 19 de noviembre de 2006 en la aldea de Hadita, al Norte de Bagdad, donde se mató a 24 iraquíes civiles, incluidos un anciano de 76 años y un niño de 3 años.

Y por último, la guerra de liberación de Iraq degeneró en una guerra que hasta el Pentágono reconoce hoy como civil. Hay motivos para sospechar que ya ninguna cantidad de tropas dislocadas a Iraq puede detener la ola de la violencia interconfesional que allí se intensifica. En un año y medio que le queda la actual Administración estadounidense difícilmente tendrá tiempo para dar apariencia de progreso a la situación en Iraq.

El Capitolio, que ha pasado bajo el control de los demócratas por causa de esta misma guerra, trata de refrendar estas realidades en un nuevo anteproyecto de ley. El documento vincula la financiación del contingente de tropas adicional en Iraq con la retirada de todas las unidades de combate del Ejército estadounidense el 1 de septiembre de 2008 a más tardar o incluso antes. Se menciona como condición de la retirada de las tropas la incapacidad de las autoridades iraquíes para cumplir los compromisos asumidos.

Lo más probable es que el documento se pierda ya en el Senado donde la mayoría democrática es insignificante. Aun cuando el anteproyecto de ley pase ambas cámaras del Congreso, le espera el veto de George Bush. Stephen Hadley, asesor de seguridad nacional del presidente, intimida a los legisladores diciendo que su iniciativa puede hacer de Iraq un paraíso para terroristas. Como si esto ya no se hubiera ocurrido.

La epopeya iraquí ha cambiado todo el escenario político de EE.UU., a excepción de una cosa. Igual que hace cuatro años la Administración estadounidense sigue creyendo que la guerra en una tierra lejana aún puede ser ganada.

Vladimir Simonov

España es Guantánamo

España es Guantánamo Para los vascos está muy claro. El estado español es una cárcel, y de las peores. El caso De Juana puso blanco sobre negro la enfermiza capacidad de odiar y negar derechos del estado español.

Tuvo que ser un diario inglés el que mostrara las condiciones en que se hallaba el prisionero, atado de pies y manos a una cama, sólo piel y huesos, después de dos huelgas de hambre que superaron los 180 días sin comer. Ni uno solo de los pasquines españoles quiso tener la honradez periodística de mostrarle al pueblo español lo que los «demócratas» estaban haciendo con un ser humano.

Para que no se les muriera en su Guantánamo, sacaron al preso de manera urgente hacia Donostia, in extremis. Después, rayó en el más alto cinismo el presidente español cuando aseguró que modificaron la situación del rehén vasco «para evitar la muerte de un hombre». Lo dijo pocas horas antes de que los vascos recordarán a Igor Angulo y Roberto Sainz, suicidados, muertos de desesperación en las mazmorras de exterminio de su dictadura.

Estos prisioneros, los que hoy están en huelga de hambre, los seis con enfermedades incurables que siguen secuestrados por el estado, los 150 tomados como rehenes por la aberrante "doctrina Parot", los maltratados y vejados en las cárceles españolas y francesas, siguen siendo manipulados por la ultraderecha del PP y la izquierda del franquismo que representa el PSOE, en degradante competencia para cazar votos de la España derechizada.

Ambos partidos son los herederos de la dictadura franquista y de la corrupción y terrorismo de estado del gobierno de Felipe González. No podían construir otra cosa que esta monarquía vigilada de rasgos bananeros. Pero el sacrificio de la izquierda abertzale, su valor y perseverancia, superando dificultades y errores, basados en la razón y el derecho, les ha cerrado el camino. No tienen otra opción que el diálogo y el marco democrático para resolver el conflicto.

Las fuerzas más oscuras y poderosas del estado presionarán sobre el partido único que gobierna con sus dos caras para que, una vez pasadas las elecciones de mayo, regresen a sus acuerdos para no poner en peligro la unidad de eso que llaman "España". ¿Cuánto podrán las reservas auténticamente democráticas de los españoles, para acompañar la lucha del independentismo vasco por la democracia y la plena vigencia de los derechos del pueblo?

Entretanto, la diáspora vasca "organizada" tendrá que dejarse de repetir terminologías que guardan desde el pacto de Ajuriaenea, aparcar el discurso de "paz y normalización" y reclamarle a los partidos que la referencian y la subvencionan que se comprometan seriamente en el proceso de solución, que se sienten ya a una mesa de diálogo y dejen de lanzar a la Ertzaintza contra los vascos que no se rindieron nunca y jamás lo harán.

Daniel C. Bilbao, periodista, escritor y coordinador general de la Asociación Internacional Diáspora Vasca (AIDV)

Carta al Comandante

Carta al Comandante Apreciado Comandante:

Desde el 31 de julio de 2006, fecha en la que fue leída tu Proclama al Pueblo de Cuba, y que -aunque no somos cubanos-, quisimos interpretarla que te dirigías también a nosotros, hemos seguido pendientes de la evolución de tu salud.

Todos los que admiramos la obra gloriosa de la Revolución Cubana, hemos observado en estos siete meses cómo la miserable tiranía mediática imperial hizo escarnio de tu salud y con ello se proponía debilitar al pueblo cubano y a todos los revolucionarios del mundo. No lo lograron. Especularon diciendo todo lo que se les ocurrió de Raúl tu hermano.

Esos son nuestros enemigos: los que huérfanos de ideas, recurren apresurados a sus impulsos viscerales de odio y envidia contra ti; símbolo de resistencia, justicia, solidaridad y revolución. Son las voces de la muerte que hoy están atragantados de rencor.

Propio de este sistema capitalista, que acostumbra a mercantilizarlo todo, la tiranía mediática vivió sus días de desesperación porque no pudo comercializar con tu salud. Tus adversarios despiertos y dormidos quisieron tener la primicia de tu muerte, para alegrarse y celebrar. Los trogloditas del manicomio de Miami -rincón de inspiración de algunos “analistas” políticos “especialistas” sobre Cuba- se adelantaron en la celebración con fiestas, licor y drogas.

Aunque desde un principio nos dijiste: “Todos debemos comprender que no es conveniente ofrecer sistemáticamente información, ni brindar imágenes sobre mi proceso de salud,” ellos, los tozudos, no entendieron; acostumbrados a publicitar la intimidad y al no poder verte agonizando en una cama, llenos de odio -y de gozo-, se apresuraron a decir que estabas muerto y que la noticia no se difundía por temor a una sublevación popular o a una masiva emigración hacia el manicomio. En tanto ellos contaban las horas para que Carlitos Valenciaga anunciara que habías muerto, tú, pacientemente revisabas la tercera edición del libro de entrevistas de Ignacio Ramonet: Cien horas con Fidel.

Desconfiaban de tus primeros mensajes, afirmando que no eras tú quien las escribías. Dudaban de tu firma: los especialistas de la CIA declararon que era falsificada. Y al aparecer tu imagen por primera vez en un video, se consolaron al verte muy delgado. Cuando escucharon tu voz, dijeron que estabas más afónico. ¿Acaso no serás el mortal que más ha hablado en este planeta?

Comandante, debemos decirte que nos habías acostumbrado a deleitarnos con tus discursos interminables, pero en estos meses nos enviaste (siete en total) mensajes escuetos. Mientras ellos se enojaban por tan solo una palabra que pronunciabas, nosotros nos alegrábamos, y nos imaginábamos que continuabas en tu puesto de combate. En tu ausencia y presencia seguías dando la pelea y la seguías ganando.

Llegaron a creer que tu vida dependía de que fueras atendido en alguna clínica dorada del primer mundo; pusieron en entredicho los avances de las ciencias médicas cubanas y del profesionalismo de tus galenos. Cuando de pronto el mundo volvió a verte en los videos -tres en total- los pusiste a temblar; en cada uno de ellos estuviste acompañado de Hugo Chávez, otro grande de la revolución que hoy se libra en América Latina y el Caribe. Ver a Hugo a lado tuyo los irritó y les provocó pavor. Y las conversaciones con Miguel Bonasso, vinieron a confirmar que estabas pendiente de lo que sucedía en el mundo. Ni aún así entendieron que los enfermos y los muertos eran ellos.

Las desenfrenadas calumnias con el propósito de desacreditarte, lograron que el mundo se enterara verdaderamente quién eres tú. Hoy cientos de miles de hombres y mujeres que ayer conocían poco o nada de Fidel Castro, saben de tu trabajo revolucionario incansable, que duermes cuatro o cinco horas al día, de los grandes logros de Cuba en educación y salud, de la solidaridad de la revolución cubana con los pueblos del mundo, de la lucha revolucionaria de los internacionalistas cubanos contra el apartheid en Sudáfrica, de tu voracidad por la lectura, de tu amistad con Gabo, de cómo te conviertes en Huracán en medio de los ciclones que llegan a Cuba, de los más de seiscientos planes de atentados contra tu vida.

Se enteraron de tantas cosas, gracias a la necedad del Imperio. ¡Habrá que agradecerles por ese gesto! En el afán de liquidarte, hicieron que los pueblos buscaran la verdad y se encontraran contigo en la historia; con el revolucionario, el solidario, el hermano mayor, El Comandante. Hoy más gente te admira y se han sumado a la lucha por un mundo más humano.

Tú y Cuba le siguen doliendo al Imperio, y los pueblos del mundo se alegran por eso.

Comandante, hoy, eres más consciente que nunca, que tu vida es apreciada como si fuera propia de cientos de miles de personas. Otra vez te tenemos al frente. Nos alegramos porque si bien tus ideas siguen iluminando a cientos de miles de personas en el mundo, hoy nuevas generaciones -en Cuba y en otras partes del mundo- crecerán al calor y a la luz de tu presencia física.

Atentamente.

Lic. Abner Barrera R.
Profesor Costa Rica



El control de los medios de comunicación por Noam Chomsky

El control de los medios de comunicación  por Noam Chomsky Si se busca la palabra democracia en el diccionario se encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de formular.

Una idea alternativa de democracia es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Quizás esto suene como una concepción anticuada de democracia, pero es importante entender que, en todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido durante mucho tiempo, no sólo en la práctica sino incluso en el plano teórico. No olvidemos además que tenemos una larga historia, que se remonta a las revoluciones democráticas modernas de la Inglaterra del siglo XVII, que en su mayor parte expresa este punto de vista. En cualquier caso voy a ceñirme simplemente al período moderno y acerca de la forma en que se desarrolla la noción de democracia, y sobre el modo y el porqué el problema de los medios de comunicación y la desinformación se ubican en este contexto.

Primeros apuntes históricos de la propaganda

Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos.

Entre los que participaron activa y entusiastamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del círculo de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se deduce al leer sus escritos de la época, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel momento -tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas- era el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana del estado recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección que ya había aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros días.

La democracia del espectador Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político -tanto de asuntos domésticos como internacionales- así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así como: Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida -la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey- puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.

Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegernos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita -e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos- tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir: Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.

Relaciones públicas Los Estados Unidos crearon los cimientos de la industria de las relaciones públicas. Tal como decían sus líderes, su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que aprendieron mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas experimentaron, a lo largo de la década de 1920, una enorme expansión, obteniéndose grandes resultados a la hora de conseguir una subordinación total de la gente a las directrices procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de 1920. La situación llegó a tal extremo que en la década siguiente los comités del Congreso empezaron a investigar el fenómeno. De estas pesquisas proviene buena parte de la información de que hoy día disponemos.

Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una cada vez más numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera gran victoria legislativa, a saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos; no puede ser que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían convertirse en algo más que simples espectadores pasivos.

Efectivamente, si hubiera muchos individuos de recursos limitados que se agruparan para intervenir en el ruedo político, podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de participantes activos, lo cual sí sería una verdadera amenaza. Por ello, el poder empresarial tuvo una reacción contundente para asegurarse de que esa había sido la última victoria legislativa de las organizaciones obreras, y de que representaría también el principio del fin de esta desviación democrática de las organizaciones populares. Y funcionó. Fue la última victoria de los trabajadores en el terreno parlamentario, y, a partir de ese momento -aunque el número de afiliados a los sindicatos se incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual empezó a bajar- la capacidad de actuar por la vía sindical fue cada vez menor. Y no por casualidad, ya que estamos hablando de la comunidad empresarial, que está gastando enormes sumas de dinero, a la vez que dedicando todo el tiempo y esfuerzo necesarios, en cómo afrontar y resolver estos problemas a través de la industria de las relaciones públicas y otras organizaciones, como la National Association of Manufacturers (Asociación nacional de fabricantes), la Business Roundtable (Mesa redonda de la actividad empresarial), etcétera. Y su principio es reaccionar en todo momento de forma inmediata para encontrar el modo de contrarrestar estas desviaciones democráticas.

La primera prueba se produjo un año más tarde, en 1937, cuando hubo una importante huelga del sector del acero en Johnstown, al oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica de destrucción de las organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros, los del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos nosotros. Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo de ser americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atentan contra el orgullo de América, y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros. Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo público; después de todo, estamos hablando del poder financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de información y dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy eficaz. Más adelante este método se conoció como la fórmula Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también: método científico para impedir huelgas. Se aplicó una y otra vez para romper huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de ser americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién puede estar en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien completamente necio.

De hecho, ¿qué pasa si alguien le pregunta si da usted su apoyo a la gente de Iowa? Se puede contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa nada. Esta es la cuestión. La clave de los eslóganes de las relaciones públicas como “Apoyad a nuestras tropas” es que no significan nada, o, como mucho, lo mismo que apoyar a los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto había una cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de que la gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la buena propaganda. Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en torno a eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este tipo de cosas.

Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para divertirse; está haciendo un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el momento en que se da cuenta que está solo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que existe ahí afuera, y que es una locura pensar en que haya otra cosa. Y desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que es lo más lógico que se puede hacer.

Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como Apoyad a. nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles.

Esta es una idea de democracia. De hecho, si nos re montamos al pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue realmente en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un declive, al igual que lo hizo una rica y fértil cultura obrera vinculada directamente con aquellos. Todo quedó destruido y nos vimos trasladados a una sociedad dominada de manera singular por los criterios empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el pacto social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la única sociedad industrial -aparte de Sudáfrica, supongo- que no tenía un servicio nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso para elevar los estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de la población que no podían seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los sindicatos prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras formas de asociación en la esfera popular. No había organizaciones políticas ni partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al menos en el plano estructural. Los medios de información constituían un monopolio corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista. Los dos partidos eran dos facciones del partido del poder financiero y empresarial. Y así la mayor parte de la población ni tan solo se molestaba en ir a votar ya que ello carecía totalmente de sentido, quedando, por ello, debidamente marginada. Al menos este era el objetivo. La verdad es que el personaje más destacado de la industria de las relaciones públicas, Edward Bernays, procedía de la Comisión Creel. Formó parte de ella, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra a desarrollar lo que él mismo llamó la ingeniería del consenso, que describió como la esencia de la democracia.

Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo -la comunidad financiera y empresarial- y para ellos trabajamos.

Fabricación de la opinión También es necesario recabar el apoyo de la población a las aventuras exteriores. Normalmente la gente es pacifista, tal como sucedía durante la Primera Guerra Mundial, ya que no ve razones que justifiquen la actividad bélica, la muerte y la tortura. Por ello, para procurarse este apoyo hay que aplicar ciertos estímulos; y para estimularles hay que asustarles. El mismo Bernays tenía en su haber un importante logro a este respecto, ya que fue el encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit Company en 1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para derribar al gobierno democrático-capitalista de Guatemala e instalaron en su lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha mantenido hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda norteamericana que tienen por objeto evitar algo más que desviaciones democráticas vacías de contenido. En estos casos, es necesario hacer tragar por la fuerza una y otra vez programas domésticos hacia los que la gente se muestra contraria, ya que no tiene ningún sentido que el público esté a favor de programas que le son perjudiciales. Y esto, también, exige una propaganda amplia y general, que hemos tenido oportunidad de ver en muchas ocasiones durante los últimos diez años. Los programas de la era Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los votantes de la victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban, en una proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas legales anunciadas. Si tomamos programas concretos, como el gasto en armamento, o la reducción de recursos en materia de gasto social, etc., prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal por parte de la gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los individuos de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y articular sus sentimientos, o incluso de saber que había otros que compartían dichos sentimientos, los que decían que preferían el gasto social al gasto militar -y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de manera generalizada- daban por supuesto que eran los únicos con tales ideas disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas de nadie más, ya que había que suponer que nadie pensaba así; y si lo había, y era sincero en las encuestas, era lógico pensar que se trataba de un bicho raro. Desde el momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que ocurre, mirando hacia, otro lado, como por ejemplo la final de Copa.

Así pues, hasta cierto punto se alcanzó el ideal, aunque nunca de forma completa, ya que hay instituciones que hasta ahora ha sido imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la sencilla razón de que estas existían. Por ello, cuando había que dar una conferencia de carácter político en un país europeo era muy probable que se celebrara en los locales de algún sindicato, cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar, estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no eran organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera que las charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque existían.

El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930 surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años sesenta apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso el nombre de crisis de la democracia. Se consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis porque amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera activa y estaban intentando participar en la arena política. El conjunto de élites coincidían en que había que aplastar el renacimiento democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en el que los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas. Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos mencionado en párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior constituye un avance en democracia; según el criterio predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural, para lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia todavía está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora de conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree, sí ha dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública.

Después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas definiciones. El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló de él como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Pero resulta que era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por qué había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos. Como ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo.

La representación como realidad También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la paz o antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos denominaban defensa contra la agresión interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene el control absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier política. Un indicio de ello se puso de manifiesto en un estudio llevado a cabo en la Universidad de Massachussets sobre las diferentes actitudes ante la crisis del Golfo Pérsico, y que se centraba en las opiniones que se manifestaban mientras se veía la televisión. Una de las preguntas de dicho estudio era: ¿Cuantas víctimas vietnamitas calcula usted que hubo durante la guerra del Vietnam? La respuesta promedio que se daba era en torno a 100.000, mientras que las cifras oficiales hablan de dos millones, y las reales probablemente sean de tres o cuatro millones. Los responsables del estudio formulaban a continuación una pregunta muy oportuna: ¿Qué pensaríamos de la cultura política alemana si cuando se le preguntara a la gente cuantos judíos murieron en el Holocausto la respuesta fuera unos 300.000? La pregunta quedaba sin respuesta, pero podemos tratar de encontrarla. ¿Qué nos dice todo esto sobre nuestra cultura? Pues bastante: es preciso vencer las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar y a otras desviaciones democráticas. Y en este caso dio resultados satisfactorios y demostró ser cierto en todos los terrenos posibles: tanto si elegimos Próximo Oriente, el terrorismo internacional o Centroamérica. El cuadro del mundo que se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo montañas de mentiras. Se ha alcanzado un éxito extraordinario en el sentido de disuadir las amenazas democráticas, y lo realmente interesante es que ello se ha producido en condiciones de libertad. No es como en un estado totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos logros son un fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si queremos entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en todo esto, en estos hechos que son importantes para todos aquellos que se interesan y preocupan por el tipo de sociedad en el que viven.

La cultura disidente A pesar de todo, la cultura disidente sobrevivió, y ha experimentado un gran crecimiento desde la década de los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que, por ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina hasta algunos años después de que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam del Sur. En los inicios de su andadura era un reducido movimiento contestatario, formado en su mayor parte por estudiantes y jóvenes en general, pero hacia principios de los setenta ya había cambiado de forma notable. Habían surgido movimientos populares importantes: los ecologistas, las feministas, los antinucleares, etcétera. Por otro lado, en la década de 1980 se produjo una expansión incluso mayor y que afectó a todos los movimientos de solidaridad, algo realmente nuevo e importante al menos en la historia de América y quizás en toda la disidencia mundial. La verdad es que estos eran movimientos que no sólo protestaban sino que se implicaban a fondo en las vidas de todos aquellos que sufrían por alguna razón en cualquier parte del mundo. Y sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que ejercieron un enorme efecto civilizador sobre las tendencias predominantes en la opinión pública americana. Y a partir de ahí se marcaron diferencias, de modo que cualquiera que haya estado involucrado es este tipo de actividades durante algunos años ha de saberlo perfectamente. Yo mismo soy consciente de que el tipo de conferencias que doy en la actualidad en las regiones más reaccionarias del país -la Georgia central, el Kentucky rural- no las podría haber pronunciado, en el momento culminante del movimiento pacifista, ante una audiencia formada por los elementos más activos de dicho movimiento. Ahora, en cambio, en ninguna parte hay ningún problema. La gente puede estar o no de acuerdo, pero al menos comprende de qué estás hablando y hay una especie de terreno común en el que es posible cuando menos entenderse.

A pesar de toda la propaganda y de todos los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está adquiriendo una capacidad y una buena disposición para pensar las cosas con el máximo detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca del poder.

Han cambiado muchas actitudes hacia un buen número de cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo lento, quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de si acaba siendo o no lo bastante rápido como para influir de manera significativa en los aconteceres del mundo. Tomemos otro ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación con el género. A principios de la década de 1960 las actitudes de hombres y mujeres eran aproximadamente las mismas en asuntos como las virtudes castrenses, igual que lo eran las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni hombres ni mujeres, se resentía a causa de dichas posturas, dado que las respuestas coincidían: todo el mundo pensaba que la utilización de la violencia para reprimir a la gente de por ahí estaba justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal, aunque al mismo tiempo ha aparecido un desajuste que poco a poco ha llegado a ser sensiblemente importante y que según los sondeos ha alcanzado el 20%. ¿Qué ha pasado? Pues que las mujeres han formado un tipo de movimiento popular semi organizado, el movimiento feminista, que ha ejercido una influencia decisiva, ya que, por un lado, ha hecho que muchas mujeres se dieran cuenta de que no estaban solas, de que había otras con quienes compartir las mismas ideas, y, por otro, en la organización se pueden apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca de las opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos son en cierto modo informales, sin carácter militante, basados más bien en una disposición del ánimo en favor de las interacciones personales, sus efectos sociales han sido evidentes. Y este es el peligro de la democracia: si se pueden crear organizaciones, si la gente no permanece simplemente pegada al televisor, pueden aparecer estas ideas extravagantes, como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Hay que vencer estas tentaciones, pero no ha sido todavía posible.

Desfile de enemigos En vez de hablar de la guerra pasada, hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil estar preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que ocurre. En la actualidad se está produciendo en los Estados Unidos -y no es el primer país en que esto sucede- un proceso muy característico. En el ámbito interno, hay problemas económicos y sociales crecientes que pueden devenir en catástrofes, y no parece haber nadie, de entre los que detentan el poder, que tenga intención alguna de prestarles atención. Si se echa una ojeada a los programas de las distintas administraciones durante los últimos diez años no se observa ninguna propuesta seria sobre lo que hay que hacer para resolver los importantes problemas relativos a la salud, la educación, los que no tienen hogar, los parados, el índice de criminalidad, la delincuencia creciente que afecta a amplias capas de la población, las cárceles, el deterioro de los barrios periféricos, es decir, la colección completa de problemas conocidos. Todos conocemos la situación, y sabemos que está empeorando. Solo en los dos años que George Bush estuvo en el poder hubo tres millones más de niños que cruzaron el umbral de la pobreza, la deuda externa creció progresivamente, los estándares educativos experimentaron un declive, los salarios reales retrocedieron al nivel de finales de los años cincuenta para la gran mayoría de la población, y nadie hizo absolutamente nada para remediarlo. En estas circunstancias hay que desviar la atención del rebaño desconcertado ya que si empezara a darse cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles simplemente con la final de Copa o los culebrones no sean suficientes y haya que avivar en él el miedo a los enemigos. En los años treinta Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los judíos y a los gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente fue bastante injusta al criticar a George Bush por haber sido incapaz de expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya que hasta mediados de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos como encarnación del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así, precisamente con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o a Saddam Hussein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han tenido que hacerles aparecer a uno tras otro, asustando a la población, aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder. Así se han podido alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún otro ejército del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes de siquiera tomarse la molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos salvado en el último momento.

Tenemos así, pues, uno de los métodos con el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo que está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado. Recordemos que la operación terrorista internacional más importante llevada a cabo hasta la fecha ha sido la operación Mongoose, a cargo de la administración Kennedy, a partir de la cual este tipo de actividades prosiguieron contra Cuba. Parece que no ha habido nada que se le pueda comparar ni de lejos, a excepción quizás de la guerra contra Nicaragua, si convenimos en denominar aquello también terrorismo. El Tribunal de La Haya consideró que aquello era algo más que una agresión.

Cuando se trata de construir un monstruo fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas para aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de defenderse: sería demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le puede vencer, quizá se le consiga despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio.

Percepción selectiva Esto ha venido sucediendo desde hace tiempo. En mayo de 1986 se publicaron las memorias del preso cubano liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente sensación en los medios de comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los medios informativos describieron sus revelaciones como «el relato definitivo del inmenso sistema de prisión y tortura con el que Castro castiga y elimina a la oposición política». Era «una descripción evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales, la tortura inhumana [y] el historial de violencia de estado [bajo] todavía uno de los asesinos de masas de este siglo», del que nos enteramos, por fin, gracias a este libro, que «ha creado un nuevo despotismo que ha institucionalizado la tortura como mecanismo de control social» en el «infierno que era la Cuba en la que [Valladares] vivió». Esto es lo que apareció en el Washington Post y el New York Times en sucesivas reseñas. Las atrocidades de Castro -descrito como un «matón dictador»- se revelaron en este libro de manera tan concluyente que «solo los intelectuales occidentales fríos e insensatos saldrán en defensa del tirano», según el primero de los diarios citados. Recordemos que estamos hablando de lo que le ocurrió a un hombre. Y supongamos que todo lo que se dice en el libro es verdad. No le hagamos demasiadas preguntas al protagonista de la historia. En una ceremonia celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los Derechos Humanos, Ronald Reagan destacó a Armando Valladares e hizo mención especial de su coraje al soportar el sadismo del sangriento dictador cubano. A continuación, se le designó representante de los Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Allí tuvo la oportunidad de prestar notables servicios en la defensa de los gobiernos de El Salvador y Guatemala en el momento en que estaban recibiendo acusaciones de cometer atrocidades a tan gran escala que cualquier vejación que Valladares pudiera haber sufrido tenía que considerarse forzosamente de mucha menor entidad. Así es como están las cosas.

La historia que viene ahora también ocurría en mayo de 1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación del consenso. Por entonces, los supervivientes del Grupo de Derechos Humanos de El Salvador -sus líderes habían sido asesinados- fueron detenidos y torturados, incluyendo al director, Herbert Anaya. Se les encarceló en una prisión llamada La Esperanza, pero mientras estuvieron en ella continuaron su actividad de defensa de los derechos humanos, y, dado que eran abogados, siguieron tomando declaraciones juradas. Había en aquella cárcel 432 presos, de los cuales 430 declararon y relataron bajo juramento las torturas que habían recibido: aparte de la picana y otras atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio, y la tortura consiguiente, dirigido por un oficial del ejército de los Estados Unidos de uniforme, al cual se describía con todo detalle. Ese informe -160 páginas de declaraciones juradas de los presos- constituye un testimonio extraordinariamente explícito y exhaustivo, acaso único en lo referente a los pormenores de lo que ocurre en una cámara de tortura. No sin dificultades se consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta de vídeo que mostraba a la gente mientras testificaba sobre las torturas, y la Marin County Interfaith Task Force (Grupo de trabajo multi confesional Marin County) se encargó de distribuirlo. Pero la prensa nacional se negó a hacer su cobertura informativa y las emisoras de televisión rechazaron la emisión del vídeo. Creo que como mucho apareció un artículo en el periódico local de Marin County, el San Francisco Examiner. Nadie iba a tener interés en aquello. Porque estábamos en la época en que no eran pocos los intelectuales insensatos y ligeros de cascos que estaban cantando alabanzas a José Napoleón Duarte y Ronald Reagan.

Anaya no fue objeto de ningún homenaje. No hubo lugar para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido para ningún cargo importante. En vez de ello fue liberado en un intercambio de prisioneros y posteriormente asesinado, al parecer por las fuerzas de seguridad siempre apoyadas militar y económicamente por los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha información sobre aquellos hechos: los medios de comunicación no llegaron en ningún momento a preguntarse si la revelación de las atrocidades que se denunciaban -en vez de mantenerlas en secreto y silenciarlas- podía haber salvado su vida.

Todo lo anterior nos enseña mucho acerca del modo de funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En comparación con las revelaciones de Herbert Anaya en El Salvador, las memorias de Valladares son como una pulga al lado de un elefante. Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo cual nos conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez tendremos más noticias sobre todo esto, hasta que tenga lugar la operación siguiente.

Sólo algunas consideraciones sobre lo último que se ha dicho, si bien al final volveremos sobre ello. Empecemos recordando el estudio de la Universidad de Massachussets ya mencionado, ya que llega a conclusiones interesantes. En él se preguntaba a la gente si creía que los Estados Unidos debían intervenir por la fuerza para impedir la invasión ilegal de un país soberano o para atajar los abusos cometidos contra los derechos humanos. En una proporción de dos a uno la respuesta del público americano era afirmativa. Había que utilizar la fuerza militar para que se diera marcha atrás en cualquier caso de invasión o para que se respetaran los derechos humanos. Pero si los Estados Unidos tuvieran que seguir al pie de la letra el consejo que se deriva de la citada encuesta, habría que bombardear El Salvador, Guatemala, Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad del Cabo, Washington, y una lista interminable de países, ya que todos ellos representan casos manifiestos, bien de invasión ilegal, bien de violación de derechos humanos. Si uno conoce los hechos vinculados a estos ejemplos, comprenderá perfectamente que la agresión y las atrocidades de Saddam Hussein -que tampoco son de carácter extremo- se incluyen claramente dentro de este abanico de casos. ¿Por qué, entonces, nadie llega a esta conclusión? La respuesta es que nadie sabe lo suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado nadie sabrá de qué hablo cuando hago una lista como la anterior. Pero si alguien se molesta en examinarla con cuidado, verá que los ejemplos son totalmente apropiados.

Tomemos uno que, de forma amenazadora, estuvo a punto de ser percibido durante la guerra del Golfo. En febrero, justo en la mitad de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a Israel que observara la resolución 425 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de marzo de 1978, por la que se le exigía que se retirara inmediata e incondicionalmente del Líbano. Después de aquella fecha ha habido otras resoluciones posteriores redactadas en los mismos términos, pero desde luego Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los Estados Unidos dan su apoyo al mantenimiento de la ocupación. Al mismo tiempo, el sur del Líbano recibe las embestidas del terrorismo del estado judío, y no solo brinda espacio para la ubicación de campos de tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza como base para atacar a otras partes del país. Desde 1978, fecha de la resolución citada, el Líbano fue invadido, la ciudad de Beirut sufrió continuos bombardeos, unas 20.000 personas murieron -en torno al 80% eran civiles-, se destruyeron hospitales, y la población tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo el robo y el saqueo. Excelente... los Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La cuestión está en que no vimos ni oímos nada en los medios de información acerca de todo ello, ni siquiera una discusión sobre si Israel y los Estados Unidos deberían cumplir la resolución 425 del Consejo de Seguridad, o cualquiera de las otras posteriores, del mismo modo que nadie solicitó el bombardeo de Tel Aviv, a pesar de los principios defendidos por dos tercios de la población. Porque, después de todo, aquello es una ocupación ilegal de un territorio en el que se violan los derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay incluso peores. Cuando el ejército de Indonesia invadió Timor Oriental dejó un rastro de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener importancia al lado de otros ejemplos. El caso es que aquella invasión también recibió el apoyo claro y explícito de los Estados Unidos, que todavía prestan al gobierno indonesio ayuda diplomática y militar. Y podríamos seguir indefinidamente.

La guerra del Golfo Veamos otro ejemplo mas reciente. Vamos viendo cómo funciona un sistema de propaganda bien engrasado. Puede que la gente crea que el uso de la fuerza contra Irak se debe a que América observa realmente el principio de que hay que hacer frente a las invasiones de países extranjeros o a las transgresiones de los derechos humanos por la vía militar, y que no vea, por el contrario, qué pasaría si estos principios fueran también aplicables a la conducta política de los Estados Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de la propaganda.

Tomemos otro caso. Si se analiza detenidamente la cobertura periodística de la guerra desde el mes de agosto (1990), se ve, sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de cierta relevancia. Por ejemplo, existe una oposición democrática iraquí de cierto prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio dada la quimera de sobrevivir en Irak. En su mayor parte están en Europa y son banqueros, ingenieros, arquitectos, gente así, es decir, con cierta elocuencia, opiniones propias y capacidad y disposición para expresarlas. Pues bien, cuando Saddam Hussein era todavía el amigo favorito de Bush y un socio comercial privilegiado, aquellos miembros de la oposición acudieron a Washington, según las fuentes iraquíes en el exilio, a solicitar algún tipo de apoyo a sus demandas de constitución de un parlamento democrático en Irak. Y claro, se les rechazó de plano, ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en lo mismo. En los archivos no consta que hubiera ninguna reacción ante aquello.

A partir de agosto fue un poco más difícil ignorar la existencia de dicha oposición, ya que cuando de repente se inició el enfrentamiento con Saddam Hussein después de haber sido su más firme apoyo durante años, se adquirió también conciencia de que existía un grupo de demócratas iraquíes que seguramente tenían algo que decir sobre el asunto. Por lo pronto, los opositores se sentirían muy felices si pudieran ver al dictador derrocado y encarcelado, ya que había matado a sus hermanos, torturado a sus hermanas y les había mandado a ellos mismos al exilio. Habían estado luchando contra aquella tiranía que Ronald Reagan y George Bush habían estado protegiendo. ¿Por qué no se tenía en cuenta, pues, su opinión? Echemos un vistazo a los medios de información de ámbito nacional y tratemos de encontrar algo acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990 hasta marzo de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes en el exilio no tengan facilidad de palabra, ya que hacen repetidamente declaraciones, propuestas, llamamientos y solicitudes, y, si se les observa, se hace difícil distinguirles de los componentes del movimiento pacifista americano. Están contra Saddam Hussein y contra la intervención bélica en Irak. No quieren ver cómo su país acaba siendo destruido, desean y son perfectamente conscientes de que es posible una solución pacífica del conflicto. Pero parece que esto no es políticamente correcto, por lo que se les ignora por completo. Así que no oímos ni una palabra acerca de la oposición democrática iraquí, y si alguien está interesado en saber algo de ellos puede comprar la prensa alemana o la británica. Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero los medios de comunicación están menos controlados que los americanos, de modo que, cuando menos, no se les silencia por completo.

Lo descrito en los párrafos anteriores ha constituido un logro espectacular de la propaganda. En primer lugar, se ha conseguido excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes del escenario político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es todavía más interesante. Hace falta que la población esté profundamente adoctrinada para que no haya reparado en que no se está dando cancha a las opiniones de la oposición iraquí, aunque, caso de haber observado el hecho, si se hubiera formulado la pregunta ¿por qué?, la respuesta habría sido evidente: porque los demócratas iraquíes piensan por sí mismos; están de acuerdo con los presupuestos del movimiento pacifista internacional, y ello les coloca en fuera de juego.

Veamos ahora las razones que justificaban la guerra. Los agresores no podían ser recompensados por su acción, sino que había que detener la agresión mediante el recurso inmediato a la violencia: esto lo explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro motivo. Pero, ¿es posible que sea esta una explicación admisible? ¿Defienden en verdad los Estados Unidos estos principios: que los agresores no pueden obtener ningún premio por su agresión y que esta debe ser abortada mediante el uso de la violencia? No quiero poner a prueba la inteligencia de quien me lea al repasar los hechos, pero el caso es que un adolescente que simplemente supiera leer y escribir podría rebatir estos argumentos en dos minutos. Pero nunca nadie lo hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los comentaristas y críticos liberales, en aquellos que declaraban ante el Congreso, y veamos si había alguien que pusiera en entredicho la suposición de que los Estados Unidos era fiel de verdad a esos principios. ¿Se han opuesto los Estados Unidos a su propia agresión a Panamá, y se ha insistido, por ello, en bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal la invasión de Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los Estados Unidos sanciones y embargos de alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra? ¿Bombardearon Ciudad del Cabo? No, transcurrió un período de veinte años de diplomacia discreta. Y la verdad es que no fue muy divertido lo que ocurrió durante estos años, dominados por las administraciones de Reagan y Bush, en los que aproximadamente un millón y medio de personas fueron muertas a manos de Sudáfrica en los países limítrofes. Pero olvidemos lo que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo que no lastimó nuestros espíritus sensibles. Proseguimos con nuestra diplomacia discreta para acabar concediendo una generosa recompensa a los agresores. Se les concedió el puerto más importante de Namibia y numerosas ventajas que tenían que ver con su propia seguridad nacional. ¿Dónde está aquel famoso principio que defendemos? De nuevo, es un juego de niños el demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las razones para ir a la guerra, precisamente porque nosotros mismos no somos fieles a estos principios.

Pero nadie lo hizo; esto es lo importante. Del mismo modo que nadie se molestó en señalar la conclusión que se seguía de todo ello: que no había razón alguna para la guerra. Ninguna, al menos, que un adolescente no analfabeto no pudiera refutar en dos minutos. Y de nuevo estamos ante el sello característico de una cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos reflexionar ya que es alarmante que nuestro país sea tan dictatorial que nos pueda llevar a una guerra sin dar ninguna razón de ello y sin que nadie se entere de los llamamientos del Líbano. Es realmente chocante.

Justo antes de que empezara el bombardeo, a mediados de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington Post y la cadena ABC revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era: si Irak aceptara retirarse de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad estudiara la resolución del conflicto árabe-israelí, ¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una proporción de dos a uno, la población estaba a favor. Lo mismo sucedía en el mundo entero, incluyendo a la oposición iraquí, de forma que en el informe final se reflejaba el dato de que dos tercios de los americanos daban un sí como respuesta a la pregunta referida. Cabe presumir que cada uno de estos individuos pensaba que era el único en el mundo en pensar así, ya que desde luego en la prensa nadie había dicho en ningún momento que aquello pudiera ser una buena idea. Las órdenes de Washington habían sido muy claras, es decir, hemos de estar en contra de cualquier conexión, es decir, de cualquier relación diplomática, por lo que todo el mundo debía marcar el paso y oponerse a las soluciones pacíficas que pudieran evitar la guerra. Si intentamos encontrar en la prensa comentarios o reportajes al respecto, solo descubriremos una columna de Alex Cockburn en Los Ángeles Times, en la que este se mostraba favorable a la respuesta mayoritaria de la encuesta.

Seguramente, los que contestaron la pregunta pensaban estoy solo, pero esto es lo que pienso. De todos modos, supongamos que hubieran sabido que no estaban solos, que había otros, como la oposición democrática iraquí, que pensaban igual. Y supongamos también que sabían que la pregunta no era una mera hipótesis, sino que, de hecho, Irak había hecho precisamente la oferta señalada, y que esta había sido dada a conocer por el alto mando del ejército americano justo ocho días antes: el día 2 de enero. Se había difundido la oferta iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad discutiera y resolviera el conflicto árabe-israelí y el de las armas de destrucción masiva. (Recordemos que los Estados Unidos habían estado rechazando esta negociación desde mucho antes de la invasión de Kuwait) Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la propuesta estaba realmente encima de la mesa, que recibía un apoyo generalizado, y que, de hecho, era algo que cualquier persona racional haría si quisiera la paz, al igual que hacemos en otros casos, más esporádicos, en que precisamos de verdad repeler la agresión. Si suponemos que se sabía todo esto, cada uno puede hacer sus propias conjeturas. Personalmente doy por sentado que los dos tercios mencionados se habrían convertido, casi con toda probabilidad, en el 98% de la población. Y aquí tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi seguro que no había ni una sola persona, de las que contestaron la pregunta, que supiera algo de lo referido en este párrafo porque seguramente pensaba que estaba sola. Por ello, fue posible seguir adelante con la política belicista sin ninguna oposición. Hubo mucha discusión, protagonizada por el director de la CIA, entre otros, acerca de si las sanciones serían eficaces o no. Sin embargo no se discutía la cuestión más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta aquel momento? Y la respuesta era que sí, que por lo visto habían dado resultados, seguramente hacia finales de agosto, y con más probabilidad hacia finales de diciembre. Es muy difícil pensar en otras razones que justifiquen las propuestas iraquíes de retirada, autentificadas o, en algunos casos, difundidas por el Estado Mayor estadounidense, que las consideraba serias y negociables. Así la pregunta que hay que hacer es: ¿Habían sido eficaces las sanciones? ¿Suponían una salida a la crisis? ¿Se vislumbraba una solución aceptable para la población en general, la oposición democrática iraquí y el mundo en su conjunto? Estos temas no se analizaron ya que para un sistema de propaganda eficaz era decisivo que no aparecieran como elementos de discusión, lo cual permitió al presidente del Comité Nacional Republicano decir que si hubiera habido un demócrata en el poder, Kuwait todavía no habría sido liberado. Puede decir esto y ningún demócrata se levantará y dirá que si hubiera sido presidente habría liberado Kuwait seis meses antes. Hubo entonces oportunidades que se podían haber aprovechado para hacer que la liberación se produjera sin que fuera necesaria la muerte de decenas de miles de personas ni ninguna catástrofe ecológica. Ningún demócrata dirá esto porque no hubo ningún demócrata que adoptara esta postura, si acaso con la excepción de Henry González y Barbara Boxer, es decir, algo tan marginal que se puede considerar prácticamente inexistente.

Cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel no hubo ningún editorial de prensa que mostrara su satisfacción por ello. Y otra vez estamos ante un hecho interesante que nos indica cómo funciona un buen sistema de propaganda, ya que podríamos preguntar ¿y por qué no? Después de todo, los argumentos de Saddam Hussein eran tan válidos como los de George Bush: ¿cuáles eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano. Saddam Hussein dice que rechaza que Israel se anexione el sur del país, de la misma forma que reprueba la ocupación israelí de los Altos del Golán sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado repetidamente por unanimidad el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí son inadmisibles la anexión y la agresión. Israel ha ocupado el sur del Líbano desde 1978 en clara violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad, que se niega a aceptar, y desde entonces hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía lo bombardea a voluntad. Es inaceptable. Es posible que Saddam Hussein haya leído los informes de Amnistía Internacional sobre las atrocidades cometidas por el ejército israelí en la Cisjordania ocupada y en la franja de Gaza. Por ello, su corazón sufre. No puede soportarlo. Por otro lado, las sanciones no pueden mostrar su eficacia porque los Estados Unidos vetan su aplicación, y las negociaciones siguen bloqueadas. ¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado esperando durante años: trece en el caso del Líbano; veinte en el de los territorios ocupados.

Este argumento nos suena. La única diferencia entre este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está en que Saddam Hussein podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones y las negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados Unidos lo impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado que, en su caso, las sanciones parece que sí funcionaron, por lo que cabía pensar que las negociaciones también darían resultado: en vez de ello, el presidente americano las rechazó de plano, diciendo de manera explícita que en ningún momento iba a haber negociación alguna. ¿Alguien vio que en la prensa hubiera comentarios que señalaran la importancia de todo esto? No, ¿por qué?, es una trivialidad. Es algo que, de nuevo, un adolescente que sepa las cuatro reglas puede resolver en un minuto. Pero nadie, ni comentaristas ni editorialistas, llamaron la atención sobre ello. Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura totalitaria bien llevada, y demuestra que la fabricación del consenso sí funciona.

Solo otro comentario sobre esto último. Podríamos poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando. Admitamos, de momento, que efectivamente Saddam Hussein es un monstruo que quiere conquistar el mundo -creencia ampliamente generalizada en los Estados Unidos-. No es de extrañar, ya que la gente experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el cerebro con lo mismo: está a punto de quedarse con todo; ahora es el momento de pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo Saddam Hussein llegar a ser tan poderoso? Irak es un país del Tercer Mundo, pequeño, sin infraestructura industrial. Libró durante ocho años una guerra terrible contra Irán, país que en la fase posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de oficiales y la mayor parte de su fuerza militar. Irak, por su lado, había recibido una pequeña ayuda en esa guerra, al ser apoyado por la Unión Soviética, los Estados Unidos, Europa, los países árabes más importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y, aun así, no pudo derrotar a Irán. Pero, de repente, es un país preparado para conquistar el mundo. ¿Hubo alguien que destacara este hecho? La clave del asunto está en que era un país del Tercer Mundo y su ejército estaba formado por campesinos, y en que -como ahora se reconoce- hubo una enorme desinformación acerca de las fortificaciones, de las armas químicas, etc.; ¿hubo alguien que hiciera mención de todo aquello? No, no hubo nadie. Típico.

Fíjense que todo ocurrió exactamente un año después de que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si vamos a eso, era un gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos de Bush, sean Saddam Hussein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un desalmado de baja estofa que no alcanzaba los estándares internacionales que a otros colegas les daban una aureola de atracción. Aun así, se le convirtió en una bestia de exageradas proporciones que en su calidad de líder de los narcotraficantes nos iba a destruir a todos. Había que actuar con rapidez y aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un par de miles, de personas. Devolver el poder a la minúscula oligarquía blanca -en torno al 8% de la población- y hacer que el ejército estadounidense controlara todos los niveles del sistema político. Y había que hacer todo esto porque, después de todo, o nos protegíamos a nosotros mismos, o el monstruo nos iba a devorar. Pues bien, un año después se hizo lo mismo con Saddam Hussein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió algo respecto a lo que pasaba y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha atención para encontrar alguna palabra al respecto.

Démonos cuenta de que todo esto no es tan distinto de lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una población pacífica en una masa histérica y delirante que quería matar a todos los alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que descuartizaban a los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas son más sofisticadas, por la televisión y las grandes inversiones económicas, pero en el fondo viene a ser lo mismo de siempre.

Creo que la cuestión central, volviendo a mi comentario original, no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo auto impuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única alternativa esté en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida que otros vayan a pagarnos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes y yo.        Noam Chomsky
Pensador, escritor y activista estadounidense. Profesor de Lingüística en la Universidad de Massachussets. Fundador de la Gramática Generativa Transformacional, que es un sistema original para abordar el análisis lingüístico y que ha revolucionado la lingüística. Autor de La segunda guerra fría (1984), La quinta libertad (1988), El miedo a la democracia (1992), El Nuevo orden mundial (y el viejo) (1996)